Detengan el péndulo

“El péndulo de los valores comenzó a moverse en sentido

 contrario hace ya varias décadas. Aún se mueve 

en esa dirección y lo hace a paso acelerado”. 

Zygmunt Bauman 

Erasmo Marín Villegas*

Después de más de 75 años de concluida la Segunda Guerra Mundial, fiesta mortal amenizada con pólvora, bombas nucleares y racismo, la sociedad disfrutaba de paz social producto de la burocratización de la justicia. Era una sistema desde el lado de los ganadores, que así imponían una visión ideológica y económica que a su vez certificaba el nuevo orden mundial. El gancho del consumo, el disfraz del placer vía pirotecnia mediática, caló hondo luego de la crueldad de la guerra. En esta etapa de paz con armamentismo silencioso, los conflictos regionales que produjo la Guerra Fría, las diferencias religiosas o los desacuerdos comerciales, se analizaban en tribunales internacionales que dictaminaban las separaciones territoriales, independencias de países o guerrillas liberadoras. Desde estos organismos, además, se promovía el derrocamiento de caudillos y dictaduras, se visualizaba continuar enfrentamientos “por la liberación” y, finalmente, se otorgaba legitimidad al frente ganador. Todo pasaba por la mirada y filtro del Big Brother mundial, en la forma de tribunales de Posguerra. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), antes Liga de las Naciones, era el brazo formal de los países poderosos y cobraba poco a poco una legitimidad incontestable en política, cultura, desarrollo económico y modelo de gobierno.

En este panorama, algunos países neutrales buscaban beneficios sin incordiar al Big Brother. Para las instituciones del nuevo poder planetario (ONU, FMI, Banco Mundial, Wall Street), la preocupación se centraba en acumular riqueza (sin distribuirla), administrar el tiempo libre y dejar al gobierno en turno aplicar a discreción la justicia, la administración pública y la libertad social. Esta desatención tuvo fatales consecuencias en el escenario internacional, aunque hubo décadas silenciosas de subordinación. Como la humedad, la desigualdad y las carencias se expandieron por la periferia del mundo en el transcurso del siglo XX, hasta impactar también las metrópolis de las grandes potencias. En lo que va del siglo XXI, los daños se trasladaron hacia los valores y las ideas. Faltaba, de manera directa, padecer la degradación en nuestra corporalidad. Los virus se regocijan con nuestros cuerpos, juntos y dispersos.  

Nuestra generación será recordada por enfrentar “una guerra sin disparar una bala”, lucha mortífera donde cada nación enfrenta al enemigo en casa: atrincherado en su propio territorio. Mientras tanto, los países vecinos desatienden llamadas de auxilio, porque igual defienden sus fronteras por la invasión del incansable virus que amenaza con destruir su población.

La pandemia del Covid19 produce esta sensación en millones de personas: un mínimo descuido nos puede llevar a ser incluidos en las bajas de esta batalla. Por el contrario, si ejercemos la paciencia (producto oriental) quizás lleguemos al final de la pandemia con las manos en alto, dibujando la V. ¿Hasta la siguiente batalla? Así están las cosas, mientras la vacuna no aparezca.

CON EL ENEMIGO EN CASA

El italiano Umberto Eco establece: tener un enemigo es importante no sólo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto a medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Parece claro que en esta ocasión, ante la pandemia Covid19, los valores universales no pasan la prueba. ¿En qué fallamos? Omisión de protocolos sanitarios, desestimación política de información científica, estrategias fallidas como la inmunidad de rebaño, neoliberalismo desfondado y sistemas de salud precarios. Se busca culpable y hay casting suficiente.    

Eco argumenta (Construir al enemigo y otros ensayos, Lumen 2010) que el infierno está en la tierra, porque “los humanos a lo largo de la historia, cuando el enemigo no existe, lo construimos”. En el diván del psicoanalista podría estar la respuesta a los males existenciales que aquejan a la generación actual. El testimonio registraría la angustia de vivir en mundos paralelos: uno configurado por los medios de comunicación que derrochan entretenimiento, despreocupación, despilfarro y felicidad instantánea; y otro que se vive al interior de las puertas del hogar, donde predominan –por diversas razones- problemas comunes: desamor, violencia, desaliento, depresión, tristeza, ansiedad y mínimas esperanzas de progreso.

En la visión religiosa, el enfoque de la pérdida de valores genera el infierno. Este infierno anida en el individuo y se proyecta en las relaciones sociales. De cualquier modo, en el mismo individuo –maltrecho y todo- se encuentran las energías éticas para dignificar las relaciones sociales. Los mundos paralelos (medios y familia) se entrecruzan en cada individuo.

El filósofo polaco Sygmunt Bauman retoma una idea incómoda de Sigmund Freud: “Mientras que el sufrimiento puede ser una condición perdurable e ininterrumpida, la felicidad, ese goce intenso, apenas llega a percibirse como una vivencia momentánea, fugaz… que se experimenta de principio a fin en un instante, cuando el sufrimiento se detiene”. Sufrimiento, condición perdurable. Felicidad, condición excepcional. No es seguro, de todos modos, que el sufrimiento gane por goleada. Los extremos evitan visualizar una vida moderada, sencilla, sin el todo o nada de la felicidad o el sufrimiento. Según Bauman, sufrimos por tres vías: 1) la fuerza invisible de la naturaleza; 2) debilidad corporal; 3) relaciones conflictivas con nuestros semejantes. No se contempla el reverso de la moneda: 1) el disfrute de la naturaleza; 2) el ejercicio corporal satisfactorio; 3) relaciones por afinidades electivas con nuestros semejantes.

En el libro “El retorno del Péndulo”, el psicoanalista argentino  Gustavo Dessel añade una cuarta fuente de sufrimiento: nuestra interioridad con pensamientos inquietantes. El infierno que se esconde en nuestro interior. También aquí hay otro enfoque posible: el crecimiento de nuestra interioridad, a través de informaciones significativas que aparecen en nuestra vida.

CRISIS, SALUD Y ¿VERDUGOS JUBILADOS?

En la escalada mortal de contagios, pareciera que el ser humano se esfuerza para que el virus no se extinga. Ignorancia o mala fe, las razones pueden ser múltiples: relajar las medidas de bioseguridad, contribuir a la difusión de noticias falsas, promover remedios milagrosos, caer en estado de ansiedad permanente por saturación informativa, descalificar el uso de mascarillas, cubrebocas y otros protectores. En Internet y las redes sociales, las razones posibles se multiplican por millones, aunque entramos a terrenos del cinismo que no entran dentro de una discusión racional. El Covid19 sacude los cimientos argumentativos.

Mientras tanto, la comunidad científica advierte que el virus llegó para quedarse. Como sucedió, por lo demás, con el VIH (SIDA) que ahora suma 40 millones de contagios en el mundo. Lo mismo ocurre con la malaria (paludismo), el dengue hemorrágico, el mal de Chagas, la tosferina, la fiebre amarilla y el sarampión. Estamos surtidos y rodeados, con la Medicina y la ciencia dando la pelea. Importa, aquí, el nivel de recursos utilizados para buscar tratamientos. Los países dedican, en promedio, el 2% del Producto Interno Bruto (PIB) a sus sistemas de salud. Quizás ahí también se necesitará un cambio drástico.

En el ensayo citado de Umberto Eco se concluye la disertación con la obra de teatro del francés Jean Paul Sartre, donde el llamado padre del existencialismo encierra a tres difuntos en un hotel. Uno de los finados expresa: ‘Ya verán qué tontería. ¡Una verdadera tontería! No hay tortura física ¿verdad? Y, sin embargo, estamos en el infierno. Y no hay nadie. Nadie. Nos quedamos hasta el fin solos y juntos. ¿No es así? En suma, alguien falta aquí: el verdugo. Han hecho una economía personal. Eso es todo. El verdugo es cada uno para los otros dos’. Es difícil imaginar un mundo sin verdugos. Sin embargo,  la eutopía como un buen lugar, donde la seguridad y la libertad están equilibrados a la perfección, sin causar el descontento ni disenso, nos espera; antes, la tarea social es detener el movimiento adverso del péndulo.

  *Erasmo Marín Villegases Licenciado en Comunicación (UV) y Maestro en Docencia (UVM Campus Villahermosa). Ha sido coordinador Editorial de Diario Presente y director de Relaciones Públicas de la UJAT. Desde 2001 a la fecha imparte cátedra en la División Académica de Educación y Artes de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 

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