El Mundo que viene ¿igualdad o desigualdad multiplicada?

Erasmo Marín Villegas*

“Lo que preocupa es que la globalización esté produciendo

 países ricos con población pobre.” Joseph E. Stiglitz, 

Premio Nobel de Economía.

 El american dreamo ideal de vida que por mucho tiempo universalizó el neoliberalismo con miles de mensajes persuasivos hoy parece derrumbarse a la vista de todos. Una cruda realidad se cierne sobre el sueño del individualismo capitalista que, cual pirámide de naipes, sacude sus cimientos por factores de discriminación, desigualdad social, conflictos políticos y debates económicos. 

Esta combinación de factores cobra mayor relevancia en tiempos de definición electoral y pandemia. Ciertamente, el futuro de Estados Unidos marcará la ruta de las decisiones que habrán de tomar países de la esfera occidental en la nueva configuración geopolítica. Veamos el panorama.

En busca de un modelo

La autoproclamada Policía del mundo, con empresario rijoso en la Casa Blanca, deberá atender dramas domésticos en noviembre (elecciones presidenciales), antes de proponer cualquier modelo alternativo al ya devastado capitalismo neoliberal. 

En los meses próximos, el debate del virus mortal será sustituido por negociaciones globales donde E.E.U.U., Rusia, China, Inglaterra, Alemania, Japón, Francia y Canadá buscarán establecer las nuevas reglas geopolíticas. Todo indica que será una cumbre donde, pese a los números rojos, se repartirán magras ganancias y territorios. Así ocurrió -con menos actores políticos- en el Tratado de Yalta (1945), que decretó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Ahora, el mundo post COVID-19 requiere alineación y balanceo. La pregunta sobre la desigualdad planetaria será un fantasma molesto en esa cumbre.   

Voces como la de Joseph E. Stiglitz, Premio Nobel de Economía, y Thomas Piketty, economista francés, en el foro organizado por la Comisión Independiente para la Reforma de la Tributación Corporativa Internacional, proponen “un impuesto empresarial mínimo global de 25% tasado acorde a las ganancias y propiedades de los que más tienen”. El objetivo es  claro y socialmente saludable: evitar que la carga económica de la crisis post COVID-19 perjudique de lleno a la población más pobre. Las potencias mundiales, que se reparten el queso, opinan en sentido contrario: que el establishmenteconómico siga vigente, porque “sólo requiere de reformas estructurales para disminuir las desigualdades sociales y la crisis mundial”. Esta postura favorece, desde luego, a empresarios como Jeff Bezos (Amazon) y Mark Zuckerberg (Facebook) que en cinco meses de pandemia obtuvieron ganancias por 60 mil millones de dólares. Amazon, Google y Facebook rechazan la intención de la Unión Europea de establecer un impuesto digital por sus operaciones en esos países. El contexto de desigualdad social y pobreza les tiene sin cuidado.

Poder confuso y desigualdad como norma

En el Fin del Poder (2013), el venezolano Moisés Naím advirtió sobre un poder degradado y confuso ante la complejidad del mundo: “En pocas palabras, el poder ya no es lo que era. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder“. Desde hace siete años que se editó el libro de Naím, los politólogos cuestionaron esa afirmación porque consideraban que los gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, el Fondo Monetario Internacional y la OPEP misma, gozaban de cabal salud. Las transformaciones tecnológicas, las revoluciones de movilidad, la nueva mentalidad y otros rasgos que veía Naím como indicadores de cambio social, quizás representan un disfraz de progreso para lo que ocurre en el mundo. Es cierto que se tiene mayor acceso a la educación, más partidos políticos, nuevas religiones, traslado veloz de productos y personas, innovación tecnológica; sin embargo, esos cambios fueron insuficientes para alcanzar el desarrollo social prometido. Simplemente, el american dreamuniversal fue puro dream: no se cumplieron ni de cerca las expectativas y aspiraciones generadas por las triunfantes políticas neoliberales, luego de la crisis petrolera (la década de los 70) y el derrumbe del llamado socialismo real (1989). Frente a su victoria geopolítica, la bandera neoliberal se pasmó. La agenda fue de ganancias no de bienestar. El poder moderno, con ese funcionamiento, pierde legitimidad. 

La Primavera Árabe del 2010 tuvo una peculiaridad muy celebrada: a través de mensajes de twitter se impulsaron los cambios democráticos en los gobiernos de Egipto y Libia. ¿Ilusión mediática? Toca meditar el siguiente dato: un monitoreo de redes sociales reveló que 75 por ciento de los usuarios que dieron clicken apoyo a la revuelta residía en países distantes al conflicto. En la elección presidencial de Estados Unidos (2016) prosigue el debate sobre la intervención de Rusia para influir en el triunfo de Donald Trump.

Mientras, los pueblos de África se quejan de la competencia desleal alimentaria de Italia, Estados Unidos, China y Holanda. ¿Cómo es posible? Por incongruente que se escuche, esas naciones acaparan el comercio mundial de productos como tomate, carne de pollo, ajo, cebolla, zanahoria, entre otros. Así surten a las metrópolis y mercados locales. Lo curioso es que el monopolio de la distribución genera desempleo, hambruna e inmigración en África.  

En Europa, los trabajadores temporeros provienen de los pueblos de Polonia, Rumanía o Bulgaria, que tramitan permisos provisionales durante la época de cosecha. En Suiza, durante la producción de leche cierran las fronteras a la importación de lácteos, los agricultores reciben subsidio y asesoría financiera para la exportación de sus productos. El presidente de E.E.U.U., Donald Trump, en marzo pasado destinó 19 mil millones de dólares para ayudar al sector agrícola y ganadero a superar la recesión económica provocada por la pandemia COVID-19.

Hasta aquí, parece claro que el modelo neoliberal funciona a través de la desigualdad multiplicada y la degradación del medio ambiente. La organización Global Forest Watch advirtió que ante la nula vigilancia de bosques y selvas existe una tendencia de privatizar reservas ecológicas y selvas de América Latina para destinarlas a la expansión de tierras agrícolas, pastoreo o explotación de minas naturales. En 2019, países como Brasil, Bolivia, Perú, Colombia y México restaron en conjunto a sus territorios 11 millones de hectáreas forestales. Una deforestación brutal, en su mayoría provocada por incendios patrocinados por firmas internacionales de alimentos. De paso, los nativos de territorios devastados tienen que emigrar. Un círculo vicioso de marca registrada: capitalismo neoliberal.  

Globalización exclusiva de las ganancias

La poderosa Unión Europea vende su marca, que se nutre de la materia prima sin fronteras. Por ejemplo: los automóviles con la etiqueta “Hecho en Alemania” son producto de una cadena de abastecimiento mundial. A través de concesionarios de China, Japón, India, Estados Unidos y México, entre otros países, se adquieren las piezas que luego ensambladas serán autos de la Volkswagen, Mercedes Benz, Audi,BMW. En lo referente a las importaciones chinas, los países europeos aplican aranceles muy altos, lo que representan ingreso de divisas a las arcas públicas, en perjuicio de los consumidores finales que compran más caro los productos chinos. Los intermediarios, desde el gobierno, no pierden: regulan con impuestos a los chinos y con precios altos a sus ciudadanos.  

En el 2016 una investigación periodística mundial denominada Panama Papers, documentó que inversionistas, gobiernos, políticos y narco empresas hicieron de Panamá un paraíso fiscal para evadir impuestos, ocultar y mover fortunas a través de registros financieros offshore, que se encargaban de blanquear dinero mal habido a países con nula vigilancia fiscal.  En ese millonario fraude participaron más de 50 países. En los Panama Paperssólo se incluyeron 11.5 millones de documentos proporcionados por la firma bufete de abogados Mossack Fonseca a un periódico alemán. En México, la revista Proceso y Carmen Aristegui Noticias difundieron los negocios de los consorcios bursátiles “domiciliados”  en países como  Bruselas, Bahamas, Barbados, Botswana, Camboya, Ghana, Jamaica, Mauricio, Mongolia, Myanmar, Zimbabue, Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Uganda, Yemen, Puerto Rico, entre otros. La globalización utiliza, de forma financiera, a países pequeños para los fraudes grandes.

Abrir rutas para evitar el desastre

Como podemos observar, el neoliberalismo no quiere cambiar la receta. Las potencias mundiales, junto con sus corporaciones que doblegan gobiernos nacionales, mantendrán la postura de una reestructuración económica menor para calmar las protestas ciudadanas que llegan a las calles. Los países privilegiados -por el orden heredado de la Segunda Guerra Mundial y la crisis energético-ideológica- estarán dispuestos a ceder en el rubro de servicios a la comunidad y leyes en defensa de los derechos humanos, pero mantendrán bajo siete llaves la discusión sobre nuevas políticas económicas. Intentarán vender una “sopa reformista” que no ataque su esquema geopolítico: países ricos con ciudadanos pobres.  

En contraparte, el francés Thomas Piketty, con su libro El Capital en el siglo XXI (2013), se esfuerza en demostrar que el capitalismo es responsable de la actual desigualdad social. El economista aborda un comparativo histórico de 20 países y comprueba que no existe  movilidad social. Por el contrario, la desigualdad se acentuó a partir de década de los ochenta hasta nuestros días. Las revoluciones de E.E.U.U., Francia, Rusia, China lucharon por la igualdad de derechos. Sin embargo, visto el siglo XXI, los regímenes políticos resultantes se concentraron en la protección de la propiedad privada de una minoría, en detrimento de la población desprotegida. 

En torno a su propuesta de “impuesto mundial sobre el capital”, reconoce con realismo político que esto es poco viable, “es difícil imaginar que a corto plazo todas las naciones del mundo se pondrán de acuerdo para instituirlo, que establecerán una escala impositiva aplicable a todas las fortunas del planeta y, por último, que repartirán armoniosamente los ingresos entre los países”.  El panorama mundial, de cualquier modo, requiere propuestas que tengan objetivos de igualdad social. 

Piketty revira: “sin embargo, es una utopía útil, me parece, por varias razones. Semejante herramienta tendría, además, el mérito de generar transparencia democrática y financiera sobre las fortunas, lo que es una condición necesaria para una regulación eficaz del sistema bancario y de los flujos financieros internacionales. El impuesto sobre el capital permitiría que prevaleciera el interés general sobre los intereses privados, al mismo tiempo que preservaría la apertura económica y las fuerzas de la competencia”. 

La propuesta es interesante porque plantea la transparencia de la información bancaria internacional, cobrar impuestos en el mismo lugar donde se originan los ingresos, de manera que los recursos que se obtengan del impuesto al capital se destinen a financiar los servicios públicos. Y, sobre todo, plantea el regreso del Estado a la escena económica: Como mediador para que los recursos se utilicen en mejorar la educación, la salud y las jubilaciones. Esto provocará, también, que el Estado recupere el sentido ético. No al despilfarro, como ya lo intenta México. 

La propuesta de Piketty es algo más: una solución pacifista, sin guerras civiles por el poder y sin espiral de violencia callejera. ¿Qué pasará? Se espera, por lo menos, un debate amplio.  

*Erasmo Marín Villegases Licenciado en Comunicación (UV) y Maestro en Docencia (UVM Campus Villahermosa). Ha sido coordinador Editorial de Diario Presente y director de Relaciones Públicas de la UJAT. Desde 2001 a la fecha imparte cátedra en la División Académica de Educación y Artes de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. 

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