Lo demás pasó antes

Por: Erasmo Marín Villegas

Soy viajero incansable y lo hago por placer narrativo. Mi nombre no importa: tengo 43 años, felizmente casado y con dos hijos adolescentes que, atolondrados, me escuchan menos que a sus celulares. No me impresiona la tecnología: disfruto misterios de la naturaleza humana, bastones con empuñadora de lobo. Me toma tiempo ganar la confianza de mi interlocutor. Colecciono relatos orales con niebla. En algunos bares de ciudades grandes y pequeñas se cuentan cosas que no llegan a los libros. Churchill y Pierre no podían ser más diferentes, aunque los unían crímenes en serie. Esta historia la soltó, cerveza oscura de por medio, el canoso parroquiano del bar La Desgracia. Tampoco importa su nombre, ni el nombre de la ciudad europea. Con el bastón y el confesionario basta y sobra. Según él, que desdobló periódico probatorio, todo sucedió tal y como lo deslizó ante la grabadora portátil, con cerveza lubricante.       

-¿Ya está grabando? Buenos días tengan sus mercedes…

»Iluminado sólo con la luz tenue del bar, Churchill esparció la baraja sobre la mesa, tomó su bastón y salió presuroso. La alerta de sangre había timbrado. La niebla sería único testigo de la muerte lenta. Como castigo, su madre lo encerraba en el oscuro sótano. Así desarrolló el instinto de ver a través de la niebla. En otra parte de la ciudad, Elizabeth salió presurosa en busca de la pócima para su madre enferma. Fue la alerta de sangre que sintió Churchill.

»Dos horas después, Churchill regresó al bar con el tobillo lastimado y pidió una cerveza. Su pantalón tenía una rotura en la rodilla. La partida de póker había terminado. Tomó el as de espadas y de un trago se bebió el tarro de cerveza oscura. Con el brazo derecho se limpió los labios de residuos de espuma y con la mano izquierda hizo el ritual del bastón. Los parroquianos esperarían la edición del periódico para conocer a detalle qué ocurrió ese mediodía nublado. Yo me figuraba lo ocurrido. No en balde conocía el ritual del bastón. As de espadas de Churchill.

»Churchill, en la lectura del impreso de tinta negra, sabría que falló: la daga no atravesó el corazón. Elizabeth desde entonces se convertiría para Churchill en un sueño inquieto, como aquella noche en que su propia madre le pidió que usara la daga como medicina contra el dolor. Y no me pregunte, viajero, cómo llegué a saber todo esto: las historias no necesitan justificación.

»Desde Francia hicieron venir a Pierre, afamado investigador de crímenes en serie. En el único hospital de caridad de la pequeña ciudad, Elizabeth, moribunda, balbuceaba el nombre de su madre  y recitaba un pasaje de la Biblia que creo se encuentra en Mateo: ‘Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno’. Su sobrevivencia se la debía a su temor de irse al infierno. Imagine usted. Bueno, mejor no imagine y páseme otro tarro de cerveza.

»El cuerpo muere hasta que el espíritu abandona lo material. Con esa tesis metafísica, Pierre se presentó en el hospital. Antes de acudir al lecho de la moribunda pidió revisar sus pertenencias. Al revisar las ropas le llamó la atención la rasgadura del pantalón a la altura de la rodilla izquierda. Esa pista sería la perdición de Churchill. As de espadas contra as de oros. 

»Desde que Churchill leyera el periódico, optó por escabullirse en las oscuras calles y no retornar al bar La Desgracia. Repasó el día de la tragedia: muy temprano abrió el cajón del ropero de sus bastones y eligió el más ligero. Donde lo compró le dijeron que procedía de América y era de madera virgen con la empuñadura de plata en forma de cabeza de lobo. Esa cabeza de lobo también jugó en contra de Churchill, a la salida de la iglesia que visitó Pierre, fiel a su costumbre de investigador ateo.   

»El modus operandi era infalible: en la densa niebla, Churchill se acercaba a la víctima, que se veía obligada a caminar con la cabeza baja. A su lado, la hacía trastabillar jalándole el tobillo con la empuñadura del bastón. La víctima rodaba por el suelo y Churchill, con la mano libre, incrustaba la daga en el corazón. Después la subía al auto y la llevaba al sótano de su residencia. Con Elizabeth algo falló: no pudo sostenerse en pie mientras usaba el bastón, y también rodó. Ese desconcierto evitó empuñar firme la daga. Se echó a correr, con el tobillo sentido y el pantalón rasgado. Dejó a la víctima en el suelo. Creo, sus mercedes, que Churchill reconoció ese día que dejó de ser infalible. Sus días como asesino celestial estaban contados. 

»Churchill quería escribir su propio final: decía que Dios era dador de vida y su encomienda era ayudarlo a poblar el cielo. Su sueño era morir de viejo, homenajeado por los feligreses de la iglesia donde lo conocían por sus donaciones eclesiásticas, sus ayunos, su presencia en los sepelios. Churchill, as de espadas, obrero del Rey de Reyes. Imagine su merced: matar, servicio de transporte al cielo, lotería espiritual, o algo así. Más cerveza, por favor.   

»El destino de Churchill dependía de Pierre, ateo por convicción y que por sistema acudía a las iglesias en busca del asesino. Determinó la iglesia más cercana al atentado. Y tres días después de la ‘ayuda celestial’ a Elizabeth, ocurrió que Pierre y Churchill coincidieron en la iglesia. Churchill en la casa parroquial y Pierre cerca del confesionario para escuchar a los pecadores. Y fíjese otra casualidad, divina o atea, lo que prefiera su merced: la madre de Elizabeth, de rodillas en el Santísimo, pedía en ese momento por la recuperación de su hija. 

»Al salir de la iglesia, Pierre se detuvo a observar un automóvil adornado por una cabeza de lobo. ‘Es de mister Churchill’, le dijo un feligrés boca floja. Eso alertó al francés. ¿Por qué? Sírvame otro tequila y le suelto el final de mi cordel. Un día antes, Elizabeth parcialmente recuperada declaró que al rodar por el suelo vio cómo el victimario también cayó de bruces y se levantó… con la ayuda de un bastón con empuñadora de cabeza de lobo. Después sintió cómo la daga se hundía en su pecho y perdía el conocimiento. Esto amerita el último sorbo, ¿no cree? 

»Lo primero que vio Pierre, cuando salía el único varón que estaba en la iglesia, fue la cojera por un tobillo lastimado y un remiendo del pantalón a la altura de la rodilla. Pierre avanzó hacia él.

»Me retiro. Buenas tardes a sus mercedes».

Hasta aquí la transcripción. Soy viajero incansable y lo hago por placer narrativo. Pregunto a los lectores de esta grabación reproducida en papel. Mi interlocutor: ¿era Pierre, o Churchill?  

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